Tranquilamente, relajados y con el colorcito que buenamente y como máximo permiten nuestros cutis, agarramos coche y volvemos a Italia, con Venecia como primer objetivo. Tampoco es cuestión de extenderse mucho en esta primera parada. Si no has oído o visto algo de Venecia, por favor, mándame un correo ya, me encantaría conocerte... a poder ser con foto, para poder enseñarla por ahí, claro, y poder dar fé del especimen más raro del planeta. En resumen, esto es como la peli de "Titanic", que todo el mundo sabe que al final se hunde...
Inevitable foto en la inevitable Piazza San Marcos.
Inevitable foto desde la inevitable Basílica de San Marcos hacia el canal...
Inevitable foto desde el inevitable puente (el de la Academia, en este caso) del inevitable gran canal...
Y hasta aquí lo inevitable. Aunque por mucho que Venecia sea inevitable, que este saturada de gente, que te vendan hasta el aire que respiras..., a pesar de todos los pesares, Venecia siempre tendrá algo, (por lo menos hasta que se hunda como el Titanic...), y no deja de maravillarte.
Pasamos a la siguiente parada: Forlí. ¿Y qué hay en Forlí? ¿Alguien ha oído hablar de Forlí? No lo busquéis en los catálogos de viajes del Corte Inglés... En Forlí lo que hay, o por lo menos lo que nosotros tenemos son: ¡¡¡¡AMIGOS!!!! Y muy buenos (sin entrar en escalas Ritcher o similares). Allí volvemos a encontrarnos con Cristina y Fabio, y sus hijas Erika y Sara. Con Marco y su mujer Emanuela. Nos reciben en su casa, y Erika, que tiene compromisos sociales, nos deslumbra toda preparada para salir (la conocí con unos pocos años, y verla ahora toda puesta y adolescente provoca cierta sensación de embobamiento...) Fabio, ¿cuando nos la enviarás de verdad para que tenga un novio de aquí y así poder atormentarte más todavía?
Nos llevan a cenar a las afueras de Forlí, y por supuesto, al estilo romagnolo, que básicamente es de maravilla y en cantidades industriales. Se rompen la cabeza en darnos a probar todo y más, de cosas que seguramente no te atreves a pedir (el riesgo siempre está ahí...) si no es con los "nativos" del lugar. Al final, y a pesar de las preocupaciones de Marco por nuestro disfrute (Marco, de verdad, conseguiste llegar al sobresaliente), la cena resulta un placer.
Solamente una anécdota, que no puede pasar desapercibida para alquien de los 70 como yo: No me resisto (en esto el vino de la Emilia-Romagna tiene algo de culpa...) a sacar con ellos un tema de máxima importancia: ¿cómo ven los italianos de verdad a un personaje de nuestra infancia como Marco? Marco, el del mono Amedio (¡qué güevos tuvo el que le puso el nombre!...), el que buscaba a su madre como un yonki la heroína. Y hete aquí la respuesta: ¿Qui? Sin noticias de los famosos dibujos de nuestra infancia culpables de la tristeza insalvable de toda una generación... No los conocían. Sí, según entendimos, el cuento original, pero ni rastro de los dibujos de la tele. Decepción, me evito el cantar la canciocilla grabada a sangre, fuego y pure de patatas en nuestra infancia (a lo mejor por eso odio el pure de patatas, por Marco y su p. mono...).
Fabio, Marco y Emanuela en el restaurante.
El otro lado de la mesa: Lorena, Cristina y Sara.
Llegado este momento, debo ceder un momento de gloria filosófica a mi amigo Fabio:
Breve la estancia en Forlí, nos dirigimos al siguiente punto en el mapa de la bota en el que tenemos un amigo al que hay que visitar: Peruggia, la Peruggia de Giulio!!! Sí, imagino que a estas alturas ya os habéis dado cuenta que nuestro viaje no sale en los folletos turísticos...
Peruggia, con Giulio, es un descubrimiento. Nos enseña los rincones de la parte viaje, nos cuenta historias, historias del siglo XII y de los años 80, de cuando los Papas corrían a la ciudad subterránea que todavía se conserva huyendo de alguna quema, y cuando el mismo corría ante los antidisturbios (la kale borroka versión centro italiana, con sus rojos y sus fachas sacudiéndose...). Vamos que la historia no ha cambiado mucho.
Giulio es todo un personaje. Nos presenta a su hermano Claudio, y nos lleva a comer al mejor restaurante de Peruggia, regentado por su amigo Franco: Il Paiolo. Y es que la comida en un restaurante puede ser mejor o peor (aquí, soberbia...), pero comer en lugar tan bonito (son los locales donde nació nada más y nada menos que la Peruggina, la empresa de bombones Baci, que seguramente conocereis, con Franco cocinando especialmente para nosotros (por supuesto, cosas que no habíamos probado nunca, con productos de la zona), y sentándose con nosotros de tertulia entre plato y plato, fué para nosotros uno de los momentos más agradables del viaje. Las historias, los chistes, un continuo gesticular, las risas contagiosas...
Giulio, Franco y yo mismo en una de las salas de "Il Paiolo".
Franco y Lorena a la entrada de "Il Paiolo".
Gracias Giulio, por la visita guiada y el buen rato que pasamos. Y también a tí, Franco, un lujo.
Una muestra del famoso "ingenio" italiano que no me resisto a incluir aquí.
Terminada la visita a Peruggia, y aunque en cualquier sitio habríamos deseado quedarnos más, nos desplazamos hasta Siena, camino de la Toscana.
Aquí, sin conocidos, pero con una ciudad por visitar que es una joya, volvimos al medievo sin apenas tiempo de aclimatación...
Vista de la catedral desde las terrazas de enfrente.
La plaza donde se celebra el Palio.
Dejamos Siena para cruzar la Toscana, con paradas en San Gimminiano, la ciudad de las torres, y Lucca, con su perfecta, completa y magníficamente conservada muralla, puesta ahora al servicio de la calidad de vida de sus habitantes.
Vista de las torres de San Gimminiano.
Toscana pura...
Y con esto y un montón de kilómetros de vuelta, se acabó lo que se daba de este viaje por Italia. Vimos mucho e hicimos bastante, pero ¡queda tanto por disfrutar allí!
Hasta la próxima...












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